Portada de Susurros de terror
Novedad Editorial

Susurros de terror

Consigue Susurros de terror. Relatos oscuros que fusionan el terror clásico con la introspección psicológica.

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La Sinopsis

Susurros de terror es una antología de diez relatos donde el miedo no llega de otro mundo: nace de una decisión equivocada, de un silencio que se prolonga demasiado, de una puerta que no debería haberse abierto. El tipo de terror que, cuando cierras el libro, sigue ahí. Una joven que vende fotos y ropa usada por internet para llegar a fin de mes —y despierta algo que no esperaba. Un hombre que prepara una cena romántica sin saber que esa noche cambiará todo. Una madre que teme, cada día, la hora de comer. Un tren, un hotel, un café: lugares que conoces, convertidos en escenarios donde la normalidad se rompe. Cada historia abre una herida diferente. Todas llevan al mismo lugar oscuro. No encontrarás criaturas de otro mundo ni sustos de manual. Sí encontrarás presencias que no deberían estar ahí —y personas que asustan mucho más que cualquier fantasma. Personajes en los que podrías reconocerte —o reconocer a alguien que conoces— enfrentados a situaciones que se tuercen de formas que nadie ve venir. Un terror silencioso, incómodo, persistente. El que no desaparece cuando termina el relato.

Un
Fragmento

El motor del coche se apagó con un quejido áspero, metálico, como el último aliento de un animal herido. El silencio que lo siguió me recordó demasiado a mi vida: algo que se detiene cuando aún pide más. La fachada de la casa de mis padres se alzaba frente a mí, desconchada y envejecida, como si también hubiera esperado demasiado tiempo mi regreso. El manojo de llaves tintineaba en mi bolsillo: más llaves que cerraduras quedaban en pie. Tras varios intentos, la puerta cedió con un gemido y me recibió un olor tibio, conocido, casi protector, como si alguien hubiera limpiado hacía apenas unas horas. La luz entraba débilmente por las ventanas gastadas, calentando una sala pequeña donde solo había una mesa y cuatro sillas mal colocadas. Sonreí con amargura. —A mí me sobran tres —susurré, mientras las bolsas cargadas con botellas de alcohol se me clavaban en las manos. En la cocina, el suelo mostraba el rastro irregular de una fregona. Imaginé a mi madre, ya anciana, limpiando con paciencia, y a mi padre intentando ayudar torpemente. Aquella imagen me arrancó una sonrisa breve, rota enseguida por el tintineo de las botellas. El recuerdo del juez volvió con un mazazo. Su voz áspera, el golpe seco de madera contra madera, la sonrisa satisfecha de mi exmujer. —A tenor de las pruebas presentadas… declaro que el acusado, Mic Llorente, no se encuentra en condiciones de convivir con el menor. Ella enseñó fotografías mías: desplomado en el sofá, la mirada perdida, rodeado de botellas como si fueran pruebas mudas de mi ruina. Eso bastó para convencer al juez. Nadie preguntó quién me ponía esas botellas delante. Nadie mencionó las noches en que ella desaparecía con su supuesto amigo. Todo el peso cayó sobre mí. Yo era abogado, pero aquella vez no tuve defensa. Arrojé la cartera contra la pared. Una tarjeta salió disparada: "Mic Llorente, abogado generalista. Despatxos Llorente – Via Laietana 111-112." Un nombre vacío. Una dirección convertida ya en apartamentos turísticos. Ella me lo había arrebatado todo. Todo, salvo mis padres. Ellos eran el único vínculo que no pudo romper, la última defensa frente al derrumbe. Subí a su habitación. Moví la cómoda. La caja me esperaba, cubierta de polvo. Dentro, el revólver de mi padre. Pesado, intacto, todavía cargado. El metal brilló bajo la luz mortecina que se filtraba por la ventana, como si aún quisiera tener un papel en esta historia. El día se deslizó sin sentido. La televisión murmuraba noticias que no escuchaba, las botellas iban cayendo, vacías, y el humo me envolvía sin causar ya dolor. Abrí el móvil en busca de distracción. Viejas fotografías se mezclaban con lo reciente: sonrisas en la playa, mi hijo en mis brazos, mi exmujer y yo abrazados frente al mar. Y enseguida, las redes sociales: ella en Bali, copa en mano, junto a un desconocido. Un viaje pagado con mi dinero, pero al cual yo no fui invitado. El contraste me desgarró como un cuchillo. Salí al jardín. El viento de Lleida me golpeó con su frialdad seca. Estábamos a inicios de invierno, la época en que el pueblo parecía apagarse antes de tiempo: calles vacías, casas cerradas y un aire que convertía todo en un mausoleo. El campanario repicaba, cada toque un martillazo invisible en mi cráneo. Recordé las palabras de mi madre, dichas una noche con la seriedad de quien cree en lo que dice: —En Samhain, los muertos pueden cruzar a nuestro mundo. Sonreí sin ganas. Tal vez era cierto. Tal vez era un buen día para acabar. Encendí un cigarro. Abrí el portátil. El editor de texto se desplegó ante mí con su blancura intacta. Mis dedos comenzaron a escribir mi carta de suicidio. Cada palabra caía sobre la pantalla como un peso definitivo, un punto sin retorno. Las campanas comenzaron a sonar de nuevo. Primero constantes, luego más profundas. Su repique llenaba el aire, y poco a poco fue tragándose el sonido de las teclas bajo mis dedos. El viento también fue creciendo. Al principio, una brisa helada que me erizó la piel; después, un murmullo que atravesó los árboles, hasta convertirse en un rugido que sacudía las ramas, golpeaba los cristales y me arrancó el cigarro de los labios. Seguí escribiendo, aunque cada palabra parecía arrastrada por aquel repique. El tañido era ya tan fuerte que juraría escuchar todas las iglesias del mundo repicando a la vez. Las campanas no paraban. El viento rugía cada vez más alto, como si quisiera arrancar la casa de sus cimientos. Me aferré al teclado, sudando a pesar del frío, los dedos resbalando sobre las teclas, y aun así seguí escribiendo, empujado por un extraño impulso. Alcé la vista hacia el campanario, buscando explicación a semejante estruendo. Y en ese mismo instante, todo se apagó. Las campanas callaron. El viento cesó. El jardín quedó sumido en un silencio antinatural, tan absoluto que me dolió en los oídos, como si el mundo hubiera decidido contener la respiración. Volví la mirada a la pantalla. Mi carta había desaparecido. El documento estaba en blanco, salvo por el parpadeo obstinado del cursor. El teclado comenzó a hundirse solo. Primero despacio, con un golpeteo aislado; después con un ritmo más firme, cada vez más intenso, como si unas manos invisibles dictaran con urgencia. Leí lo que creí que sería el título: Susurros de Terror. Tragué saliva. El cursor seguía avanzando, pintando letras, y supe que lo que vendría después no dependía de mí.

Extracto deSusurros de terror

Críticas y Opiniones

¡Recomendado!

Muy buenos relatos cortos. No suelo leer este tipo de libros pero se me han hecho muy amenos y entretenidos.

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Ideal para Halloween

Libro con varias historias ideales para leer este Halloween. Son historias cortas y autoconclusivas que se leen muy fácil en cualquier rato libre que tengas. ¡Recomendado!

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Ficha Técnica

Formato
Tapa blanda / eBook
Páginas
120
ASIN
B0FVQFTXS6
Año
2025
Género
Relatos de Terror

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