
En desarrollo · Fantasía oscura
Angelus: El eco de la sangre
Angelus · Libro I
«Cayeron los Ángelus. Reinan los dragones. Un huérfano jura vengar al cielo.»
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Lo que vas a leer
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Hubo una era en que los Ángelus surcaban los cielos y su luz bastaba para sostener el mundo. Los dragones se la arrebataron. Sobre las ruinas de Luhthudor cayeron plumas ensangrentadas, y una voz proclamó que el reinado de las bestias había comenzado. Años después, en el pueblo helado de Lithuem, un huérfano llamado Ethlan contempla su espada y jura lo imposible: cazar a Opheneim, el dragón del origen, y arrancarle la cabeza. Empieza así su descenso.
El anticipo
El eco de la sangre
Una era terminó entre plumas y fuego, y alguien juró que el silencio de los cielos no quedaría sin respuesta. Mic Llorente abre las puertas de una nueva saga, donde la venganza pesa tanto como las alas que ya no vuelan. En desarrollo.
Un
Fragmento
El cielo se iluminó con un resplandor que mezclaba tonos carmesí y celestes. El sonido en el campo de batalla era ensordecedor. Las órdenes de batalla se entremezclaban con el crepitar del fuego y las súplicas de agonía. El suelo de la antigua ciudad de Luhthudor estaba cubierto de plumas y hollín. —Rápido —exclamó Amatieh—, tenemos que apoyar a Mikael. —Señaló el cielo, lugar donde las luces no paraban de chocar entre sí—. ¡Él solo no podrá ganar! Pero en cuanto intentó alzar el vuelo, un dragón de escamas oscuras se le abalanzó con las fauces abiertas. Desvió el envite con una de sus alas y dibujó una figura rectangular en el aire; luego la cruzó con una línea recta. Un haz blanquecino surgió de la marca y arrancó una de las patas del dragón. —Maldita —exclamó el dragón, al tiempo que sus fauces se iluminaban con un tono anaranjado. Ella lo ignoró y alzó el vuelo a plena velocidad; tras ella, en la tierra, dos de sus compañeros retenían al enemigo. Pese a que Amatieh se jactaba de ser la más rápida de entre todos los Ángelus, lo cierto era que a duras penas podía seguir el ritmo de la batalla entre Mikael y Opheneim. En cuanto alcanzaba el lugar en el que se encontraban, la batalla ya se había movido a otro. Volaba entre las nubes, intentando pasar inadvertida. —Maldita sea —dijo con voz entrecortada—. ¿Desde cuándo Mikael es tan veloz? Pero entonces Mikael dejó de combatir con su espada y extendió su mano. Opheneim se detuvo en el aire y abrió sus fauces, iluminándose en tonos carmesí. Por su parte, Amatieh dibujó su runa más potente: dos líneas cruzándose en un triángulo. —Decide, dragón del origen —dijo, más para sí misma—: o te golpean sus llamas o lo hace mi luz. De las fauces de Opheneim surgió un fuego rojo tan denso y concentrado que parecía ser otro cuerpo celeste. De la mano de Mikael, una llama de colores celestes salió a su alcance. Ella, por su parte, lanzó la runa; pero antes de que la energía se materializase, un rugido la alcanzó desde su espalda. Luego sintió un dolor ardiente cruzándole la espalda en tres líneas que empezaban en su omóplato y acababan en su lumbar. Maldijo para sus adentros. Sus alas habían salido indemnes, pero ese ataque les había costado el momento. —No lo tendréis tan fácil —dijo un dragón a su espalda—. Somos más inteligentes de lo que pensáis. Amatieh se giró ocultando el dolor y observó las escamas doradas y los ojos blancos de su enemigo. Escupió al aire. —Y nosotros no combatimos solos. —Conforme fue pronunciando sus palabras, se desplazó ligeramente hacia la derecha. Un haz de fuego celeste cruzó el firmamento, atravesando el rostro de aquel dragón. Pronto, lo que era su cabeza quedó reducido a unas simples cenizas que se desvanecían en el aire. —Amatieh. —Una mano cálida se posó en su espalda—. Estás herida… Debes retirarte. Ella negó. Llevó su mirada hacia los intensos ojos azul zafiro de Mikael. Sonrió. —Lucharemos juntos, Mikael. —Le acarició el rostro—. Ganaremos o moriremos juntos. Una sombra la cubrió por completo. La enorme figura de Opheneim ocultó la luz de la luna. —La era de los Ángelus ha terminado —abrió sus fauces, iluminándose en tonos rojizos—; nos corresponde a nosotros gobernar. Los ojos de Mikael ardieron en dos intensas llamas celestes blanquecinas. Su espada se rodeó de aquel intenso fuego. Su expresión se tornó tensa y furiosa. —¿Era? —escupió con rabia—. No me importa quién gobierne cada era, Opheneim. Me importa que no destruyas mi pueblo. —No importa lo que te importe, Mikael —la luz se hizo más intensa—; el cielo no puede abarcar nuestras alas. Amatieh se colocó en posición de combate. Dibujó tres runas en el aire. —No quisisteis la paz —cruzó una línea uniendo las tres runas—; obtendréis la muerte. Las llamas chocaron entre sí. Mikael se introdujo entre ellas con la espada preparada para el envite. Opheneim rugió con gran dolor. —¡MIKAEL! —exclamó Amatieh con puro terror. Varias plumas ensangrentadas cayeron del cielo.
Extracto de «Angelus: El eco de la sangre»
Ficha Técnica
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- Idioma
- Español
- Género
- Fantasía oscura
- Serie
- Angelus · Libro I
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